miércoles, 10 de julio de 2013

LA DESTRUCCION DE LA ARQUITECTURA VERNACULA

hemos elegido a la arquitectura vernácula por ser uno de los más ignorados, pero al mismo tiempo el más fácil de ver, una vez explicado y, sin duda, el más profundo de todos. No es este el lugar para explicar pormenorizadamente que sea la arquitectura vernácula, mostrar su evolución y sus variantes, o cantar todas sus virtudes y bellezas. Para un filósofo de la tecnología como para cualquier estudiante sería un deber conocer su variante regional de este tipo de arquitectura, en la que ha morado la humanidad entera -sus propios abuelos- hasta hace apenas unas décadas.
 Ahora es suficiente saber que la arquitectura vernácula o popular, es la arquitectura propia de cada lugar y que, ajena en general a los estilos históricos cultos e internacionales, construía el pueblo con los materiales del entorno y técnicas artesanales para sus propias necesidades. Esta tradición inmemorial que abarca desde las cabañas de barro y paja de las tribus africanas a nuestros caseríos de piedra y madera, ha entrado desde la segunda mitad del siglo en una inexorable decadencia. 


Como ya apuntábamos en la entrada anterior, la implantación de la arquitectura moderna provocó un impacto brutal sobre las técnicas tradicionales, del que ya no se recuperarían. La urgencia por alojar las masas urbanas supuso la adopción de la tecnología moderna para la fabricación en serie de nuevos materiales como el acero, el ladrillo, el cemento y el cristal. Se rompió la tradición artesanal y gremial de la construcción en las ciudades, lo cual supuso un vuelco definitivo en la producción general de materiales constructivos de los paises desarrollados. Si primero fue la desaparición de la 'ciudad vernácula', poco a poco la arquitectura rural fue adoptando los materiales y técnicas modernas. En toda Europa y América del norte, más tarde o más pronto -en un periodo que bascula entre final de siglo y los años sesenta- se dejó de construir arquitectura vernácula.


 Los nuevos edificios rurales que se levantaron a partir de entonces se hicieron según el modo técnificado de la arquitectura moderna, adoptando en general una suerte de variante falseada del estilo anterior o neovernáculo, que apenas conservaba una serie de rasgos pintorescos. También las restauraciones de edificios vernáculos comenzaron a adoptar los materiales industriales, con lo que desaparecieron casi por completo los oficios tradicionales relacionados con las artes de la construcción. El último paso de este proceso fue la implantación de legislaciones que prohibían la autoconstrucción vernácula e imponían la firma del arquitecto profesional en cualquier proyecto.
El resultado de este proceso es que la arquitectura vernácula ha muerto en el primer mundo y se ha convertido en el mejor de los casos en un patrimonio cultural restaurado con más o menos acierto o presentado en parques temáticos al aire libre. Sólo en determinadas áreas rurales del tercer mundo sigue viva e intacta la arquitectura vernácula, mientras que en torno a las grandes urbes ha aparecido un curioso fenómeno híbrido de autoconstrucción con materiales naturales e industriales de deshecho, en forma de grandes barriadas pobres de chabolas o favelas. La sustitución de la técnica vernácula por la tecnología moderna en la arquitectura, como hemos comentado anteriormente, no provoca un cambio de orden estético sólamente. Su mayor y peor consecuencia es la transformación social y cultural que conlleva. Mientras las viejas casas vernáculas se derrumban o rehabilitan agresivamnte y se construyen las nuevas viviendas modernas, lo que está cambiando en realidad es una forma de vida, una visión del mundo, una cultura popular riquísima y la esencia del hombre mismo. Cuando los bienintencionados misioneros obligaron a disponer ciertos poblados indígenas del Amazonas en forma reticular en vez de su tradicional forma circular y cosmogónica, sus habitantes se vieron desamparados y adoptaron un nuevo dios y una nueva vida. Unas veces se acaba con una etnia exterminándola, otras veces arrasando su arquitectura y, lamentablemente, también ocurre a menudo que todo un pueblo comienza a renunciar a sus señas de identidad cuando comienza a aceptar el modo tecnificado de construir y restaurar su vivienda. Desaparece el mundo vernáculo en el horizonte de la globalización tecnificada, y con él se van también sus valores humanos. Perdemos el sentido de comunidad, y nos lanzamos en manos del progreso desbocado, del egoismo individualista y del bienestar exclusivamente material. Cierto es que la arquitectura moderna puede solucionar algunos problemas -higiene, riesgo de incendios, solidez, infraestructuras domésticas de agua y electricidad- pero curiosamente todos se pueden solventar con mejoras técnicas perfectamente adaptables a la arquitectura vernácula con mínimas alteraciones. El ideal de la villa moderna, dentro de una variedad de modelos racionalistas, neohistoricistas o neovernáculos ya es compartido por todo el mundo. Ya no es el hogar vernáculo, cálido, confortable y bello, del hombre para el hombre, donde se utiliza una técnica arquitectónica sostenible, sino el núcleo tecnológico en el que el hombre sobrevive sirviendo a la tecnología.
Esta es la situación, desoladora a nuestro juicio, pero que no ha recibido la atención debida por parte de los estudios CTS. Heidegger parece lamentar simplemente la pérdida del sentido vernáculo de la casa, ya que si "construimos porque habitamos", y ahora ni habitamos ni construimos, por tanto ni si quiera 'somos'. Illich critica la desaparición del género vernáculo de la casa -reconociendo cierta discriminación para las mujeres- pero tampoco propone ninguna salida. Sólo algunos arquitectos alternativos, entre los que destacan Hassan Fathy y J. Turner proponen la recuperación de la arquitectura vernácula, mínimamente supervisada por profesionales y contribuyendo únicamente el Estado con las infraestructuras básicas, como solución para el problema de vivienda de ciertas áreas marginales del tercer mundo. En el occidente civilizado las soluciones son todavía más difícles, porque nos hallamos completamente dominados por la arquitectura tecnificada. Las propuestas de Christopher Alexander para reproducir el 'patrón' de la experiencia vernácula en nuestro entorno, aún siendo parcialmente válidas, no dejan de ser impracticables en su conjunto. También tienen un éxito limitado, aunque ciertamente estimulante, las corrientes organicistas, etnicistas o ecológicas que siguen arquitectos aislados por todo el mundo. En general, arquitectos tan variados como Imre Macovecz, David Pearson o Edward Rojas, pretenden adaptar ciertas técnicas y materiales vernáculos en combinación con otras modernas para las nuevas funciones y espacios del habitar contemporáneo. Plantean la alternativa de una arquitectura semi-autoconstruida con materiales naturales, respetuosa con el entorno natural y el patrimonio vernáculo, alimentada a ser posible con energía natural, y en definitiva como lugar de una vida más sencilla y natural -menos tecnológica-, religada con el morar vernáculo. En el panorama estatal también son dignos de tener en cuenta las críticas reformistas de arquitectos-teóricos como Chueca Goitia, Manuel Ayllón o Adriana Bisquert, defensora de una arquitectura femenina más sensible y humana que la actual, ciertamente una de las claves para una hipotética recuperación del sentido vernáculo en la arquitectura. El problema, más que complejo es una empresa titánica, y sólo puede ser abordado, previo conocimiento de los clásicos de la arquitectura vernácula del mundo -Bernard Rudofsky, Paul Oliver, Amos Rapoport, etc-, estudiando, caso por caso, el problema del fin de lo vernáculo en cada región del mundo.
Esta es la tarea; focalizar nuestra atención en el entorno próximo y ver si es posible al menos un cierto 'renacimiento vernáculo' gracias a la adopción de una 'tecnica arquitectónica sostenible' -mezcla de vernácula y moderna- que mitigando los grandes problemas arquitectónicos y urbanísticos contemporáneos, nos devuelva ciertas señas de identidad y algo del morar tradicional, imprescindible para seguir viviendo con dignidad. 


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