hemos elegido a la arquitectura vernácula por ser uno de los más ignorados, pero al mismo tiempo el más fácil de ver, una vez explicado y, sin duda, el más profundo de todos. No es este el lugar para explicar pormenorizadamente que sea la arquitectura vernácula, mostrar su evolución y sus variantes, o cantar todas sus virtudes y bellezas. Para un filósofo de la tecnología como para cualquier estudiante sería un deber conocer su variante regional de este tipo de arquitectura, en la que ha morado la humanidad entera -sus propios abuelos- hasta hace apenas unas décadas.
Ahora es suficiente saber que la arquitectura vernácula o popular, es la arquitectura propia de cada lugar y que, ajena en general a los estilos históricos cultos e internacionales, construía el pueblo con los materiales del entorno y técnicas artesanales para sus propias necesidades. Esta tradición inmemorial que abarca desde las cabañas de barro y paja de las tribus africanas a nuestros caseríos de piedra y madera, ha entrado desde la segunda mitad del siglo en una inexorable decadencia.
Como ya apuntábamos en la entrada anterior, la implantación de la arquitectura moderna provocó un impacto brutal sobre las técnicas tradicionales, del que ya no se recuperarían. La urgencia por alojar las masas urbanas supuso la adopción de la tecnología moderna para la fabricación en serie de nuevos materiales como el acero, el ladrillo, el cemento y el cristal. Se rompió la tradición artesanal y gremial de la construcción en las ciudades, lo cual supuso un vuelco definitivo en la producción general de materiales constructivos de los paises desarrollados. Si primero fue la desaparición de la 'ciudad vernácula', poco a poco la arquitectura rural fue adoptando los materiales y técnicas modernas. En toda Europa y América del norte, más tarde o más pronto -en un periodo que bascula entre final de siglo y los años sesenta- se dejó de construir arquitectura vernácula.
Los nuevos edificios rurales que se levantaron a partir de entonces se hicieron según el modo técnificado de la arquitectura moderna, adoptando en general una suerte de variante falseada del estilo anterior o neovernáculo, que apenas conservaba una serie de rasgos pintorescos. También las restauraciones de edificios vernáculos comenzaron a adoptar los materiales industriales, con lo que desaparecieron casi por completo los oficios tradicionales relacionados con las artes de la construcción. El último paso de este proceso fue la implantación de legislaciones que prohibían la autoconstrucción vernácula e imponían la firma del arquitecto profesional en cualquier proyecto.
El resultado de este proceso es que la arquitectura vernácula ha muerto en el primer mundo y se ha convertido en el mejor de los casos en un patrimonio cultural restaurado con más o menos acierto o presentado en parques temáticos al aire libre. Sólo en determinadas áreas rurales del tercer mundo sigue viva e intacta la arquitectura vernácula, mientras que en torno a las grandes urbes ha aparecido un curioso fenómeno híbrido de autoconstrucción con materiales naturales e industriales de deshecho, en forma de grandes barriadas pobres de chabolas o favelas. La sustitución de la técnica vernácula por la tecnología moderna en la arquitectura, como hemos comentado anteriormente, no provoca un cambio de orden estético sólamente. Su mayor y peor consecuencia es la transformación social y cultural que conlleva. Mientras las viejas casas vernáculas se derrumban o rehabilitan agresivamnte y se construyen las nuevas viviendas modernas, lo que está cambiando en realidad es una forma de vida, una visión del mundo, una cultura popular riquísima y la esencia del hombre mismo. Cuando los bienintencionados misioneros obligaron a disponer ciertos poblados indígenas del Amazonas en forma reticular en vez de su tradicional forma circular y cosmogónica, sus habitantes se vieron desamparados y adoptaron un nuevo dios y una nueva vida. Unas veces se acaba con una etnia exterminándola, otras veces arrasando su arquitectura y, lamentablemente, también ocurre a menudo que todo un pueblo comienza a renunciar a sus señas de identidad cuando comienza a aceptar el modo tecnificado de construir y restaurar su vivienda. Desaparece el mundo vernáculo en el horizonte de la globalización tecnificada, y con él se van también sus valores humanos. Perdemos el sentido de comunidad, y nos lanzamos en manos del progreso desbocado, del egoismo individualista y del bienestar exclusivamente material. Cierto es que la arquitectura moderna puede solucionar algunos problemas -higiene, riesgo de incendios, solidez, infraestructuras domésticas de agua y electricidad- pero curiosamente todos se pueden solventar con mejoras técnicas perfectamente adaptables a la arquitectura vernácula con mínimas alteraciones. El ideal de la villa moderna, dentro de una variedad de modelos racionalistas, neohistoricistas o neovernáculos ya es compartido por todo el mundo. Ya no es el hogar vernáculo, cálido, confortable y bello, del hombre para el hombre, donde se utiliza una técnica arquitectónica sostenible, sino el núcleo tecnológico en el que el hombre sobrevive sirviendo a la tecnología.
Esta es la situación, desoladora a nuestro juicio, pero que no ha recibido la atención debida por parte de los estudios CTS. Heidegger parece lamentar simplemente la pérdida del sentido vernáculo de la casa, ya que si "construimos porque habitamos", y ahora ni habitamos ni construimos, por tanto ni si quiera 'somos'. Illich critica la desaparición del género vernáculo de la casa -reconociendo cierta discriminación para las mujeres- pero tampoco propone ninguna salida. Sólo algunos arquitectos alternativos, entre los que destacan Hassan Fathy y J. Turner proponen la recuperación de la arquitectura vernácula, mínimamente supervisada por profesionales y contribuyendo únicamente el Estado con las infraestructuras básicas, como solución para el problema de vivienda de ciertas áreas marginales del tercer mundo. En el occidente civilizado las soluciones son todavía más difícles, porque nos hallamos completamente dominados por la arquitectura tecnificada. Las propuestas de Christopher Alexander para reproducir el 'patrón' de la experiencia vernácula en nuestro entorno, aún siendo parcialmente válidas, no dejan de ser impracticables en su conjunto. También tienen un éxito limitado, aunque ciertamente estimulante, las corrientes organicistas, etnicistas o ecológicas que siguen arquitectos aislados por todo el mundo. En general, arquitectos tan variados como Imre Macovecz, David Pearson o Edward Rojas, pretenden adaptar ciertas técnicas y materiales vernáculos en combinación con otras modernas para las nuevas funciones y espacios del habitar contemporáneo. Plantean la alternativa de una arquitectura semi-autoconstruida con materiales naturales, respetuosa con el entorno natural y el patrimonio vernáculo, alimentada a ser posible con energía natural, y en definitiva como lugar de una vida más sencilla y natural -menos tecnológica-, religada con el morar vernáculo. En el panorama estatal también son dignos de tener en cuenta las críticas reformistas de arquitectos-teóricos como Chueca Goitia, Manuel Ayllón o Adriana Bisquert, defensora de una arquitectura femenina más sensible y humana que la actual, ciertamente una de las claves para una hipotética recuperación del sentido vernáculo en la arquitectura. El problema, más que complejo es una empresa titánica, y sólo puede ser abordado, previo conocimiento de los clásicos de la arquitectura vernácula del mundo -Bernard Rudofsky, Paul Oliver, Amos Rapoport, etc-, estudiando, caso por caso, el problema del fin de lo vernáculo en cada región del mundo.
Esta es la tarea; focalizar nuestra atención en el entorno próximo y ver si es posible al menos un cierto 'renacimiento vernáculo' gracias a la adopción de una 'tecnica arquitectónica sostenible' -mezcla de vernácula y moderna- que mitigando los grandes problemas arquitectónicos y urbanísticos contemporáneos, nos devuelva ciertas señas de identidad y algo del morar tradicional, imprescindible para seguir viviendo con dignidad.
Es de justicia poner en conocimiento del estudiante que el tema que vamos a tratar es un tema nuevo, relativamente nuevo en los estudios CTS(ciencia,tecnologia y sociedad). Esto no quiere decir que sea un tema que no tenga fundamento como tal en este tipo de estudios, al contrario, es y debe ser un tema capital en esta disciplina, y a buen seguro lo será si consideramos el creciente impacto que la tecnología arquitectónica moderna tiene en el hombre, en la sociedad, en las culturas y en la naturaleza. El problema de la ausencia o de la presencia marginal de este tema en los estudios clásicos de CTS podríamos atribuirlo en parte a la juventud de esta disciplina, heredera de la vieja filosofía. Habiendo otras importantes tecnologías -desde la energía nuclear hasta la informática- cuya masiva implantación, unida a sus peligrosas consecuencias en el mundo actual, las hacen dignas de un interés privilegiado por parte de los filósofos de la tecnología, la 'tecnología arquitectónica' suena a tema secundario, escasamente relevante. La misma sociedad que, por una parte se muestra ansiosa de recibir los nuevos milagros tecnológicos, y demanda por otra las garantías de que su uso no conlleve riesgos inaceptables, sin embargo, considera que la moderna tecnología arquitectónica es una tecnología blanca, neutra y positiva, básicamente buena. Si los últimos adelantos tecnológicos de la arquitectura moderna sirven para construir edificios y viviendas más rápidamente, además de más baratos, más duraderos o más espectaculares ¿qué problema existe en la aceptación y la potenciación sin reservas de ésta beneficiosa tecnología?
Con esta retórica pregunta, aparentemente lógica, llegamos al quid de la cuestión de la novedad de su investigación en los estudios CTS. Así es, pues sospechamos que no es tanto la juventud de una disciplina que ha de seguir una serie de prioridades sociales, sino, mas bien, la ceguera que los filósofos de la tecnología comparten con la sociedad en general a la hora de valorar críticamente los adelantos tecnológicos de la arquitectura moderna. Todos, los filósofos como cualquier ciudadano corriente, hemos aceptado el hecho arquitectónico moderno sin cuestionarlo en absoluto, porque hemos vivido desde nuestra infancia en su obra: las viviendas de bloques urbanos, que ya forman parte de nuestro paisaje y hasta de nuestra alma. Somos habitantes de la jungla de asfalto hasta el punto que no concebimos otra forma de existencia que encerrados en nuestros fríos cubículos de cemento y estuco. Nuestra preocupación básica por encontrar una vivienda, -compartida aparentemente por todos los agentes sociales- no por legítima, puede agotar nuestra mirada sobre la realidad arquitectónica y urbanística de nuestro entorno. Menos aún habría de condicionar a los estudiosos de CTS, en principio, profesionalmente dedicados a analizar toda tecnología que se da en el mundo moderno de manera exhaustiva y rigurosa, siempre a la busca de problemas que acaso no habían detectado o atribuían a otras causas. Justamente, este es el esfuerzo que el estudiante ha de hacer y compartir con el filósofo de CTS, hasta ahora ignorante de esta materia; ver más allá de su circunstancia residencial inmediata, es decir, que vive en una casa moderna más o menos amplia, más o menos mejorable, pero que básicamente cubre sus necesidades, para investigar si es cierto que habitar una casa moderna es tan magnífico, si al hacerlo no estará provocando problemas graves, y si no será la técnica moderna de construir la responsable de éstos...
Para comprender cuál pueda ser el problema de la moderna tecnología arquitectónica es preciso primero despejar las posibles dudas de que el supuesto problema de la arquitectura moderna sea de orden tecnológico y no meramente estético. Bajo una mirada superficial la implantación de los estilos modernos en arquitectura puede parecer similar al de las bellas artes. Cambia la apariencia de los edificios -su forma exterior y su distribución interior- para adaptarse a los gustos del siglo XX. Las casas cúbicas o los rascacielos, los bloques urbanos o las ciudades dispuestas en damero serían así la expresión arquitectónica de los tiempos modernos, equivalentes a una pintura cubista o una escultura abstracta. Sin ser del todo incierto -a cada época le corresponde un estilo estético que pretende reflejarla- debemos sondear a continuación el porqué se produce semejante cambio estético en nuestra época moderna, al que no podemos por menos que calificar de extremadamente radical e irreversible. Y es entonces cuando nos encontramos con la cuestión de la técnica, como motor del cambio estético, lo cual a su vez provocará una amplia transformación social en todos los órdenes. Aunque ya en el siglo XVIII surgieran los primeros arquitectos modernos o pre-modernos (Boullée, Ledoux) no es hasta comienzos del siglo XX cuando se manifiesta la arquitectura moderna como escuela y empieza a imponerse sobre los estilos históricos. Esto es, la modernidad, preferentemente el racionalismo arquitectónico, basado en los volúmenes geométricos, la ausencia del adorno y la ajustada adaptación del espacio a la función, ya existía como actitud estética en épocas anteriores, e incluso, en opinión de algunos autores, es la característica primordial de la arquitectura vernácula. Sin embargo, sólo en la epoca propiamente moderna, la época de la industrialización, este racionalismo encuentra eco entre las jóvenes generaciones de arquitectos -muy relacionadas con las vanguardias artísticas coetáneas- y puede desarrollarse hasta dominar poco a poco el mundo de la arquitectura y de la construcción en general. Esta somera revisión de la oportunidad histórica del movimiento moderno nos lleva a plantearnos justamente si la adopción del estilo moderno racionalista no fue más bien la consecuencia de una sociedad dominada progresivamente por la técnica, que encontró en su estética simple y desnuda la mejor manera de desarrollarse. Aunque se puede construir un edificio racionalista con técnicas artesanales (pronto se abandonó esta propuesta de la Bauhaus), es con las técnicas industriales como se puede resolver de forma más depurada y a mayor escala. Y no podemos ignorar el hecho de que la estética racionalista moderna precisamente ha venido dada, aparte de un primer momento artesanal, a partir de un fantástico desarrollo de técnicas industriales que, como máximo logro nos han proporcionado la 'prefabricación' de los materiales constructivos. No obstante, no podríamos explicar el éxito arrollador de la estética moderna en arquitectura únicamente por ser un reflejo natural de una sociedad tecnificada. Pues hay que entender esta tecnificación, que como vemos afecta por igual a los procesos productivos y a la construcción arquitectónica, dentro de los parámetros de una sociedad materialista y capitalista. En este sentido, la estética moderna no hubiera tenido más éxito que su equivalente artístico (la abstracción racionalista de Malevicht o Mondrian), es decir, un éxito limitado y pasajero, si no hubiera sido aprovechada por el capitalismo para dar cauce -que no solución- al grave problema contemporáneo de la vivienda. Esta y no otra es la razón del triunfo de la arquitectura moderna, y especialmente de la corriente racionalista-funcionalista. Ante la tesitura de alojar masivamente a la desbordada población del planeta se echó mano del estilo moderno, racionalista y funcionalista (en detrimento de otras corrientes más humanistas como la expresionista), que es el que mejor posibilita que gracias a la tecnología moderna se produzcan viviendas de manera masiva, rápida y barata. El resultado de esta estrategia es la consolidación del estilo moderno en todo el mundo -excepto algunas áreas del tercer mundo- como el modo tecnificado por excelencia de la arquitectura del presente y, sospechamos, del futuro. Desde comienzos del siglo XX hasta nuestros días la arquitectura moderna ha ido dominando progresivamnete el panorama arquitectónico; ha desplazado tanto a los estilos históricos, demasiado costosos por sus formas y materiales, y a los vernáculos, por demasiado artesanales e incontrolados. A pesar de la aparente diversidad de escuelas dentro de la arquitectura moderna -organicistas, neohistoricistas, high-tech, postmodernos, etc- todos comparten el credo básico de la arquitectura moderna como arquitectura hipertecnificada. No tenemos más que mirar a nuestro alrededor; aparte de algunos lujosos y espectaculares edificios institucionales de carácter simbólico, la mayoría de nosotros hemos de vivir en espantosos bloques urbanos o en casitas semiprefabricadas de monótonas urbanizaciones, es decir, dentro de una arquitectura moderna que además es de muy escasa calidad. No es pues el problema de la arquitectura moderna -entendida ésta siempre en un sentido genérico- un asunto estético, sino la respuesta técnica del capitalismo (adoptada también por el efímero comunismo real) que se sirve de una determinada estética.
Estamos hablando de la arquitectura moderna como problema en abstracto causado por la tecnología, pero no hemos descendido todavía a los problemas, mayores y menores, que esta arquitectura provoca en la sociedad y en nosotros, sus sufridos habitantes. Podríamos decir que hay dos tipos de problemas, a los que denominaremos como estructurales y antropológicos. Los problemas estructurales resultan más evidentes al habitante común y corriente, y de ellos tenemos regularmente información en los medios de comunicación. Son aquellos que la tecnología moderna provoca al incumplir sus promesas programáticas de proporcionar una vivienda digna a todo ser humano, y que han asumido todos los partidos políticos y recogen los mismos derechos humanos. Contra lo que preveían ingenuamente los grandes adalides de la arquitectura moderna como la utopía definitiva del habitar, ésta no sólo no ha resuelto todos los problemas de la arquitectura del pasado (apenas ha resuelto el de la higiene), sino que ha generado otros nuevos. Así, hay que entender que son problemas, graves problemas estructurales, de la moderna tecnología de la arquitectura (y del urbanismo moderno que deriva de ésta) la falta de viviendas, el encarecimiento de las viviendas, la baja calidad y el peligro de algunas edificaciones, las enfermedades provocadas por materiales tóxicos, la escasa habitabilidad por el reducido espacio de las viviendas, la contaminación y el sometimiento al tráfico rodado del habitante urbano o la escasez de espacios abiertos y zonas verdes en las ciudades. Alguien podría pensar que estos no son estrictamente problemas tecnológicos sino que son antes problemas económicos, políticos o sociales porque no se aplica correctamente la benefactora tecnología arquitectónica. Pero la tecnología, esta tecnología y otras tantas tecnologías modernas -ha de desengañarse el estudiante definitivamente- no es sino una específica estrategia científica diseñada para conseguir los fines del capitalismo, asumiendo que sus errores inherentes -los problemas que hemos señalado- son un coste aceptable para la sociedad. La cuestión para nosotros, habitantes todos, filósofos de la tecnología o estudiantes de la materia CTS, es decidir si estos problemas, asumibles para el proyecto moderno-capitalista, deben serlo a medio y largo plazo, y si no habríamos de intentar solucionarlos criticando la arquitectura moderna.
Los problemas antropológicos son, sin embargo, más difíciles de comprender, pues para el movimiento moderno y la sociedad en general ni si quiera existen, ya que los considera al revés, como grandes y deseables conquistas del progreso. Son problemas más sutiles, que afectan al hombre como criatura antropológica, y que modifican su mentalidad y su forma de vida, desarraigándolo del modo antiguo de morar y proponiéndole, precisamente, el modo tecnológico de habitar. Estos son los verdaderos y radicales problemas, los que generan los problemas estructurales, los que incluso solucionando hipotéticamente estos últimos en nada solucionarían aquellos. La destrucción del patrimonio vernáculo de las culturas y de su modo de vida, la llamada 'insatisfacción residencial' que provoca trastornos psicológicos y conflictos sociales, la urbanización del campo con el consiguiente desequilibrio ecológico, y la construcción de una arquitectura hipertecnificada de 'casas inteligentes' -que a la tecnología doméstica añade todo tipo de dispositivos informáticos, convirtiéndonos en servidores más que en en beneficiarios de la tecnología- son los, acaso, irresolubles problemas que los estudios CTS debieran abordar primero.
Los edificios inteligentes surgen de la integración de la construcción, la tecnología y los sistemas de provisión de energía. Son la mejor representación de la arquitectura sostenible. Los sistemas de inmótica pueden incluir automatización, seguridad, telecomunicaciones, sistemas de usuario y sistemas de gestión de instalaciones. Los edificios inteligentes reconocen y reflejan los avances y la convergencia de los sistemas individuales, sus elementos comunes y la funcionalidad adicional que proporciona la integración. - See more at: http://www.basalte.com.es/edificios-inteligentes-y-arquitectura-sostenible/#sthash.VJz5b4gB.dpuf
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Los edificios inteligentes surgen de la integración de la construcción, la tecnología y los sistemas de provisión de energía. Son la mejor representación de la arquitectura sostenible. Los sistemas de inmótica pueden incluir automatización, seguridad, telecomunicaciones, sistemas de usuario y sistemas de gestión de instalaciones. Los edificios inteligentes reconocen y reflejan los avances y la convergencia de los sistemas individuales, sus elementos comunes y la funcionalidad adicional que proporciona la integración.
Los edificios inteligentes proporcionan el enfoque más eficiente en costes para el despliegue de los sistemas tecnológicos para edificios. La forma tradicional de planear y construir un edificio es diseñar, instalar y operar cada sistema por separado. Un edificio inteligente integra basa su diseño e instalación en la integración de todos los sistemas. Este proceso reduce las ineficiencias en las fases de diseño y construcción, ahorrando tiempo y dinero.
La operación de un edificio inteligente integra los sistemas y subsistemas tecnológicos horizontal y verticalmente. Esta integración domótica permite que la información sobre el funcionamiento del edificio pueda ser utilizada por todos los sistemas independientemente del sistema que genere la información (integración horizontal), y que el sistema de decisión contemple el detalle o la agregación de información de cada subsistema (integración vertical). La información se hace ubicua para todos los sistemas y para sus ocupantes u operadores, a nivel física, lógico y aplicativo.
Los cimientos de los sistemas de un edificio inteligente son: cableado estructurado, protocolos de red abiertos y bases de datos estandarizadas.
Los edificios inteligentes también constituyen un elemento crítico en la sostenibilidad energética y los smart grid. Los sistemas de automatización que forman parte de un edificio inteligente, como los de gestión de climatización, medición y gestión energética control de soleamiento y control de la iluminación, juegan un rol protagonista en la definición de la eficiencia energética real del inmueble. El Smart Grid depende para de los edificios inteligentes para su despliegue.
Con la construcción de edificios inteligentes todo el mundo gana. El valor del edificio aumenta para los promotores inmobiliarios y los propietarios. Para los administradores de propiedades e instalaciones,estos edificios ofrecen subsistemas de gestión más eficaces y más eficientes, tales como la racionalización de la gestión global del edificio. Para los arquitectos, ,ingenieros y contratistas, permiten combinar el diseño y la construcción con el consiguiente ahorro en la gestión global del proyecto.
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